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Los oídos del Mar

Los oídos del Mar

Esta historia no es una narración cualquiera. No es la un cuento de villanos y caballeros ensalzados en una lucha de espadas, pero no obstante todo relato tiene sus antagonistas.

Martín nació en las frías aguas del océano, en una tranquila comunidad de rorcuales azules. Betset, su madre, le alimento con su leche durante cerca de diez meses, tomando unos 600 litros de leche al día (eso son un total de 180.000 litros de leche!!!) de unas glándulas mamarias de unos 2 metros de longuitud por 60 de ancho.

El pequeño (...que medía 7 metros al nacer y pesaba 3 toneladas!!!) pasaba los días despreocupado jugando tranquilamente entre las olas, observando como los adultos describían circulos y saltaban sobre el mar en su constante caza de krill (hasta 40 millones de krill al día por adulto!!!).

Lo que más le gustaba en el mundo a Martín era cantar y escuchar al resto del grupo como lo hacía. Los complejos sonidos que el grupo emitía hablaban de un mundo de profundo color azul, un mundo de sal y reflejos sobre las olas. Un lugar, poblado por gigantes marinos tan hermosos como amenazados. Su grupo tenía una cantor particular, al igual que los demás, que ayudaba a identificarlo y que él aprendió desde bien pequeño. Por sus sonidos (de hasta cuatro notas y largo tiempo repetidos), podían conocer muchas cosas de otros rorcuales.



Sin embargo, no todo era placidez en el gran clan de cetáceos. Frecuentemente quedaban incomunicadas de los demás grupos por culpa de interferencias en sus comunicaciones. Martín notaba el nerviosismo de sus compañeros en esos momentos que no sabían apenas ni por donde tirar. Los barcos, submarinos y otros instrumentos de los llamados hombres impedían a los enormes mamíferos comunicarse.

Martín no lo entendía porque ...

Porqué somos los oídos del mar y de la vida. Porqué somos inteligentes y capaces y entendemos un mundo donde cada ser viviente se integre en su ecosistema de manera eficaz sin romper el equilibrio de la naturaleza. Porqué toda máquina es nada cuando toda vida es sagrada.
Y aunque no lo dijo el ballenato lo añado yo:

Porqué, ¿Cómo imaginar la tierra sin los gigantes azules surcando los mares?

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